Gasto público: ¿y si un 10% del PIB fuese suficiente?

¿Sabías que a lo largo y ancho del globo son legión los estados que gestionan con sus presupuestos entre el 40 y el 50% del PIB que generan los ciudadanos de sus respectivos países? ¿Siempre ha sido así? ¿Tiene sentido? ¿Es necesario? No es un asunto baladí, eso es evidente.

En esta conferencia del economista Juan Ramón Rallo en el Andorra Economic Forum 2024 encontrarás reflexiones sobre esta cuestión y respuestas para preguntas como las siguientes:

  • ¿Necesitamos un estado de grandes dimensiones para dar respuesta a las necesidades reales de sus ciudadanos (incluyendo a los más desfavorecidos)?
  • ¿Por qué el estado ha crecido de esta manera?
  • ¿Se puede hacer algo para transitar hacia un modelo diferente?

Sin más preámbulos, adelante con el vídeo de la conferencia:

¿Eres consciente de la presión fiscal que soportas? ¿Consideras que el dinero público se está administrando de la mejor forma posible? ¿Qué cambiarías tú?

La decadencia del Estado de Derecho en España

Ayer mismo dedicaba unas líneas a recomendar dos artículos que ayudan a comprender las (poco halagüeñas) perspectivas económicas a medio plazo de nuestro país. Hoy quiero hacer lo mismo, pero centrando la atención en la progresiva degradación del Estado de Derecho en España, cada vez más rápida y evidente.

A continuación, tres artículos publicados en en Hay Derecho que merecen una lectura atenta y que, combinados, ponen de manifiesto la preocupante situación a los que vamos a tener que enfrentarnos más pronto que tarde. Más que nada porque no hacerlo equivale a consentir que España se convierta de forma definitiva que en eso que, de forma bastante cursi, se ha bautizado como «democracia Iliberal».

España: expectativas económicas a medio plazo

Cada vez que me topo con el triunfalismo con el que el gobierno de España pretende vendernos una presunta recuperación económica comienzan los escalofríos. ¿Por qué? Poque hay una mayoría silenciosa de ciudadanos (no sólo españoles, sino también europeos… pero nosotros somos los que tenemos peores perspectivas) que no son conscientes de las amenazas que se ciernen en el horizonte.

No voy a extenderme demasiado. Tan sólo voy a compartir dos artículos que, combinados, nos ponen en antecedentes:

Lo que viene no es bonito. Lo que viene no es fácil. Y lo que viene encierra peligros muy, pero que muy serios. Por tanto, es recomendable ir preparándose. El que pueda, al menos.

El despertar… de la guerra cultural en occidente

Resulta cuanto menos curioso contemplar cómo occidente avanza sin dilación en el proceso de devorarse a sí mismo.

La denominada «guerra cultural» es una realidad incómoda que puede sonar a contubernio judeomasónico (en estos momentos tendría más sentido sustituir «judeomasónico» por «globalista», por ejemplo), pero que no por ello es menos real. Así, el siguiente vídeo puede parecer gracioso… pero cada vez tiene menos de ficción (y de humor):

La realidad objetiva no importa ya, sólo importa la experiencia subjetiva. La verdad no importa ya, sólo importa la experiencia. La igualdad ya no importa, sólo lo hace la identidad segregativa. Post-verdad, post-modernidad, post-capitalismo. Esto tiene nombre y en los EE.UU. está pegando fuerte (desde hace años, además). Argemino Barro lo explica con claridad meridiana en este extenso artículo dividido en varias entregas, que no tiene desperdicio, sobre la «cultura woke»:

Cuestionar estos dogmas no sale gratis, todo lo contrario. Supone arriesgarse a una «muerte civil» porque la corrección política, que se materializa en la «cultura de la cancelación», no hace prisioneros. La situación es tan esperpéntica que los chinos han acuñado una palabra para describir a todos esos occidentales que están empeñados en destruir su propia civilización: «baizuo», nos llaman. Igual tenemos que hacérnoslo mirar… y rapidito, porque al paso que vamos la implosión puede llegar a ser irreversible.

Por lo que parece, occidente necesita mucho psicoanálisis y muchos Harald Eia que se atrevan a cuestionar dogmas como en la serie documental Hjernevask («lavado de cerebro»).

Zurdos vs Diestros

Hoy voy a extenderme poco, tan sólo quiero compartir un vídeo de Fabián C. Barrio (La Rebelión de Sísifo) en el que reflexiona sobre las diferencias entre derecha e izquierda en el ámbito político.

¿Estás de acuerdo con él?

«Con pagar mis impuestos ya hago bastante». ¿O tal vez no?

Al hilo de la reflexión publicada en Politikae «La responsabilidad individual en democracia» ha salido a colación una afirmación que he escuchado en muchas más ocasiones de lo que me gustaría en relación a la participación en política: «yo ya tengo de sobra con resolver mis problemas, con pagar mis impuestos hago más que suficiente».

¿Seguro?

Desde mi punto de vista, se trata de un argumento a la altura de otro que utilizan muchos «demócratas convencidos»: «democracia es votar». ¿De verdad? ¿Desde cuándo? Si la democracia consistiese única y exclusivamente en votar, el régimen de Francisco Franco habría sido una democracia en toda regla (porque con Franco se votaba, después de todo). Como es evidente, las democracias representativas modernas arbitran sistemas garantistas de participación ciudadana, pero también articulan sistemas de control del poder (eso que los anglófonos describen como checks and balances) y de salvaguarda de los derechos de las minorías. Este tipo de aseveraciones resultan muy reveladoras sobre la salud de la democracia en España.

«Yo ya pago mis impuestos», dicen algunos. Si las potestades de los ciudadanos en una democracia se limitasen a la observancia de la ley, la Corea del Norte de Kim Jong-un sería un alarde de participación ciudadana. En cualquier dictadura los ciudadanos esán sujetos a la ley, como es obvio: su cumplimiento no es discrecional, nunca lo es. Todos estamos obligados a pagar nuestros impuestos, pero eso no es suficiente. Como es natural, la diferencia con las democracias estriba, precisamente, en que en democracia los ciudadanos tienen el derecho y, además, el deber cívico de implicarse de forma responsable en la gobernanza de su país.

¿Los ciudadanos somos libres de renunciar a este derecho? Por supuesto, pero la irresponsabilidad nunca es gratuita y, antes o después, tendrá consecuencias. Recordemos que conquistar este derecho ha costado sangre, sudor y lágrimas.

El periodista Edward R. Murrow lo describió a la perfección: «una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos». O, como afirmaba Yves Montand, «aunque no te ocupes de la política, ella se ocupará de ti». Tú decides. Nunca mejor dicho.

La responsabilidad individual en democracia

Vivo en una sociedad, la española, en la que todo el mundo quiere oir hablar de derechos, pero muy pocos quieren saber nada de su contrapartida, los deberes. Porque, al fn y al cabo, todo derecho conlleva una obligación. Desde mi punto de vista, los ciudadanos que vivimos en democracia (o algo similar) somos responsables de dirigir la actividad de nuestros representantes políticos y de supervisar su desempeño.

Esto, que es responsabilidad de todos, requiere, al menos, que:

  • Conozcamos en profundidad la arquitectura institucional y la repercusión de nuestra participación política.
  • Nos mantengamos razonablemente informados (es difícil tomar decisiones acertadas desde el desconocimiento).
  • Nos esforcemos para desarrollar nuestra capacidad de discriminar lo importante de lo accesorio, de ahí la importancia de potenciar el pensamiento crítico.
  • Participemos en la gobernanza de la comunidad en la medida de lo posible (un ejemplo de impulso de la participación ciudadana desde le esfera pública es la plataforma Decide Madrid).
  • Ejerzamos una labor efectiva de control sobre la res publica.

No cabe duda de que el voto es un instrumento poderoso para quitar a unos y poner a otros cada cuatro años… pero poco efectivo si las diferencias entre ellos son escasas. Por suerte, la variedad de medidas de presión a nuestro alcance es cada vez más amplia. A las tradicionales, como las manifestaciones o las clásicas cartas al director enviadas a medios de comunicación, se unen las digitales: proselitismo político en redes sociales, campañas en plataformas de peticiones como Change.org, etc.

Por desgracia, una herencia envenenada del franquismo es una sociedad civil desarticulada (nada que ver con la tradición anglosajona, por ejemplo). Depués de todo, resulta más sencillo ejercer presión de forma colectiva. Pongamos un ejemplo concreto: Civio, una organización que realiza una labor extraordinaria exigiendo transparencia y monitorizando la labor del gobierno de turno. De forma colectiva es posible ir más allá de la mera «pataleta», interponiendo acciones legales, presentando iniciativas legislativas populares, etc.

Es difícil que un solo individuo se ponga la capa de supermán y salve al mundo, pero todos tenemos capacidad para recabar apoyos y actuar de forma consecuente asumiendo nuestra responsabilidad individual. Al final son las sumas de pequeñas cosas las que tienen potencial real para marcar la diferencia.

Un último apunte, muy importante. También debemos tener claro que casi tenemos más poder como consumidores que como ciudadanos, porque los poderes económicos resultan decisivos en la evolución de cualquier sociedad. Cada compra es un voto y con cada compra estamos defendiendo una causa, aunque muchas veces no seamos conscientes. Suscribirse a un medio de comunicación o a otro, utilizar una red mensajería instantánea u otra, adquirir prendas de una u otra marca… todo esto resulta determinante para construir el mundo en que vivimos.

A mi entender, la democracia participativa debe ser el objetivo (entendido como medio, no como fin, para mejorar la convivencia en sociedad). A mí siempre me ha parecido muy inspiradora la fábula guaraní del colibrí y el incendio. Por desgracia, la progresiva infantilización de las sociedades occidentales no invita precisamente al optimismo.

La fábula del colibrí y el incendio

Cuentan los guaraníes que un día hubo un enorme incendio en la selva.

Todos los animales huían despavoridos, pues era un fuego terrible.

De pronto, el jaguar vio pasar sobre su cabeza al colibrí… en dirección contraria, es decir, hacia el fuego.

Le extrañó sobremanera, pero no quiso detenerse.

Al instante, lo vio pasar de nuevo, esta vez en su misma dirección.

Pudo observar este ir y venir repetidas veces, hasta que decidió preguntar al pajarillo, pues le parecía un comportamiento harto estrafalario:

¿Qué haces colibrí?, le preguntó.

Voy al lago -respondió el ave- tomo agua con el pico y la echo en el fuego para apagar el incendio.

El jaguar se sonrió.

¿Estás loco?- le dijo. ¿Crees que vas a conseguir apagar lo con tu pequeño pico tú solo?

Bueno- respondió, el colibrí- yo hago mi parte…

Y tras decir esto, se marchó a por más agua al lago.


Fábula guaraní

La cuarta revolución

Hace años me topé con uno de esos libros que me han dado mucho que pensar. Un libro titulado «Bionomics».

Su autor, Michael Rothschild, publicó la primera edición en los 80 del siglo pasado, sosteniendo la tesis de que la economía debería seguir la escuela darwinista, en lugar de la newtoniana, porque tiene más que ver con la biología que con la física. Así, estableciendo una analogía, defendía que el «ADN» de la economía sería la información (no el capital) y que la humanidad ha vivido tres grandes revoluciones hasta la fecha: la invención de la escritura, la invención de la imprenta y la invención de internet. ¿Qué tienen en común estos tres hitos? Que todos y cada uno de ellos incrementan de forma exponencial la capacidad de difusión de la información.

Ricardo Urias expone en esta charla la cuarta revolución que se aproxima a velocidad de crucero, en la que el ser humano dejará de ser el único ente capaz de producir información de forma masiva y, por extensión, conocimiento.

Vienen grandes cambios, ¿estamos preparados?