Recientemente un amigo compartió en su muro de Facebook un interesante artículo en el que se compara a Pablo Iglesias con Felipe González. Viene a decir que las chaquetas de pana de la transición son las coletas de hoy. El artículo es éste: «Felipe González teme al discípulo Pablo Iglesias» en Lamarea.com.
Estoy completamente de acuerdo en que hay muchos paralelismos entre Felipe González y Pablo Iglesias. Ambos son inteligentes, caristmáticos y su ambición no conoce límites, por ejemplo. A priori, para un político son buenos atributos. Sin embargo, me temo que hay también algunas diferencias que no deben ser ignoradas, ya que hacerlo me parece terriblemente peligroso.
Voy a limitarme a señalar la diferencia que, desde mi punto de vista, es más relevante. Hay más, pero no quiero extenderme demasiado.
La transición me pilla algo lejos. De hecho yo nací en el 78, así que es evidente que no puedo tener muchos recuerdos de aquella etapa o de la década de los ochenta, con el esplendor del felipismo. Aclarado esto, tengo que decir que no me consta que Felipe González haya querido identificarse con «el pueblo». ¿Por qué es esto importante? Porque en la política moderna los gobernantes están obligados (moralmente) a hacer lo posible por cumplir los compromisos adquiridos con sus votantes a través de sus programas electorales, pero, al mismo tiempo, deben gobernar para todos los ciudadanos. Incluso para los que no piensan como ellos.
El problema de que el gobernante se identifique con «el pueblo» es que todo el que no piense como él, todo el que defienda posiciones distintas, será un enemigo del pueblo. La divergencia no cabe en este escenario, no hay discrepancia posible, y la democracia se convierte en un juguete roto: su mecánica natural deja de funcionar. Eso es, entre otras cosas, lo que caracteriza a los populismos: el líder visionario es el único representante legítimo del pueblo, su voz, el instrumento de su voluntad. Todos los demás son disidentes, traidores, miserables que no respetan los deseos de la «gente normal», «los de abajo», «la gente decente».
En este artículo dan unas cuantas claves: «Sánchez ‘blanquea’ el pacto con Iglesias: el pantalón de pana de ayer es la coleta de hoy».
Felipe González contó con apoyos como Willy Brandt, en el seno de la internacional socialista. En contraposición, Pablo Iglesias y su equipo están avalados por el chavismo, la revolución cubana y los ayatolas iraníes (y esto no es una mera opinión, los hechos son los hechos). Los dirigentes de Podemos han sido entrenados concienzudamente y financiados para conseguir resultados concretos. Lo cierto es que se merecen una felicitación, porque los están alcanzando.
Lo siento, pero no, no me parece que Felipe González y Pablo Iglesias sean equiparables. Ojalá lo fueran, pero no.
Lectura recomendada: «El ‘I have a dream’ de Errejón que amenaza con cumplirse» en El Confidencial.
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