Gracias de corazón, Ana Oramas

La profesion política están tan desprestigiada -motivos no faltan- que vivimos malos tiempos para aquellos con vocación por la res publica, por cuidar y mejorar lo que es y debe ser común, patrimonio material e inmaterial de todos.

Vivimos tiempos en los que resulta factible que un candidato a presidente del gobierno contravenga todos los compromisos principales que ha suscrito durante la campaña electoral y la ciudadanía no actúe con la firmeza que tamaño fraude exige. Tiempos en que los intereses de ciertas minorías se imponen a los del conjunto del país. Tiempos desoladores, a decir verdad. Sin embargo, en algunas ocasiones, contadas, se producen acontecimientos que nos ayudan a reconciliarnos con esa clase política que tan bien representa a nuestra sociedad, una sociedad en la que los ciudadanos nos creemos con todos los derechos y ninguna obligación.

En la primera sesión del debate de investidura de Pedro Sánchez la única representante de Colación Canaria, Ana María Oramas González-Moro, ha dado una lección de dignidad y valentía al recordarnos, sobreponiéndose a presiones indecibles y rompiendo la disciplina de partido, que los diputados se deben a los españoles, no a su partido, y que algunas determinaciones son cuestión de principios.

Ana Oramas nos ha recordado que aún quedan representantes políticos que no están dispuestos a pasar a la posteridad por prestar su apoyo a verdaderas ignominias, a pesar del alto precio a pagar por una decisión que se convertirá, casi con total seguridad, en su epitafio político. Un epitafio, eso sí, que ya muchos querrían…

Ojalá cunda su ejemplo, ya que es un hálito de esperanza en estos tiempos convulsos y siniestros en los que lo que debería ser norma se ha convertido en excepción. Y, lo peor de todo, con nuestro beneplácito.