Vivo en una sociedad, la española, en la que todo el mundo quiere oir hablar de derechos, pero muy pocos quieren saber nada de su contrapartida, los deberes. Porque, al fn y al cabo, todo derecho conlleva una obligación. Desde mi punto de vista, los ciudadanos que vivimos en democracia (o algo similar) somos responsables de dirigir la actividad de nuestros representantes políticos y de supervisar su desempeño.
Esto, que es responsabilidad de todos, requiere, al menos, que:
- Conozcamos en profundidad la arquitectura institucional y la repercusión de nuestra participación política.
- Nos mantengamos razonablemente informados (es difícil tomar decisiones acertadas desde el desconocimiento).
- Nos esforcemos para desarrollar nuestra capacidad de discriminar lo importante de lo accesorio, de ahí la importancia de potenciar el pensamiento crítico.
- Participemos en la gobernanza de la comunidad en la medida de lo posible (un ejemplo de impulso de la participación ciudadana desde le esfera pública es la plataforma Decide Madrid).
- Ejerzamos una labor efectiva de control sobre la res publica.
No cabe duda de que el voto es un instrumento poderoso para quitar a unos y poner a otros cada cuatro años… pero poco efectivo si las diferencias entre ellos son escasas. Por suerte, la variedad de medidas de presión a nuestro alcance es cada vez más amplia. A las tradicionales, como las manifestaciones o las clásicas cartas al director enviadas a medios de comunicación, se unen las digitales: proselitismo político en redes sociales, campañas en plataformas de peticiones como Change.org, etc.
Por desgracia, una herencia envenenada del franquismo es una sociedad civil desarticulada (nada que ver con la tradición anglosajona, por ejemplo). Depués de todo, resulta más sencillo ejercer presión de forma colectiva. Pongamos un ejemplo concreto: Civio, una organización que realiza una labor extraordinaria exigiendo transparencia y monitorizando la labor del gobierno de turno. De forma colectiva es posible ir más allá de la mera «pataleta», interponiendo acciones legales, presentando iniciativas legislativas populares, etc.
Es difícil que un solo individuo se ponga la capa de supermán y salve al mundo, pero todos tenemos capacidad para recabar apoyos y actuar de forma consecuente asumiendo nuestra responsabilidad individual. Al final son las sumas de pequeñas cosas las que tienen potencial real para marcar la diferencia.
Un último apunte, muy importante. También debemos tener claro que casi tenemos más poder como consumidores que como ciudadanos, porque los poderes económicos resultan decisivos en la evolución de cualquier sociedad. Cada compra es un voto y con cada compra estamos defendiendo una causa, aunque muchas veces no seamos conscientes. Suscribirse a un medio de comunicación o a otro, utilizar una red mensajería instantánea u otra, adquirir prendas de una u otra marca… todo esto resulta determinante para construir el mundo en que vivimos.
A mi entender, la democracia participativa debe ser el objetivo (entendido como medio, no como fin, para mejorar la convivencia en sociedad). A mí siempre me ha parecido muy inspiradora la fábula guaraní del colibrí y el incendio. Por desgracia, la progresiva infantilización de las sociedades occidentales no invita precisamente al optimismo.