
Al hilo de la reflexión publicada en Politikae «La responsabilidad individual en democracia» ha salido a colación una afirmación que he escuchado en muchas más ocasiones de lo que me gustaría en relación a la participación en política: «yo ya tengo de sobra con resolver mis problemas, con pagar mis impuestos hago más que suficiente».
¿Seguro?
Desde mi punto de vista, se trata de un argumento a la altura de otro que utilizan muchos «demócratas convencidos»: «democracia es votar». ¿De verdad? ¿Desde cuándo? Si la democracia consistiese única y exclusivamente en votar, el régimen de Francisco Franco habría sido una democracia en toda regla (porque con Franco se votaba, después de todo). Como es evidente, las democracias representativas modernas arbitran sistemas garantistas de participación ciudadana, pero también articulan sistemas de control del poder (eso que los anglófonos describen como checks and balances) y de salvaguarda de los derechos de las minorías. Este tipo de aseveraciones resultan muy reveladoras sobre la salud de la democracia en España.
«Yo ya pago mis impuestos», dicen algunos. Si las potestades de los ciudadanos en una democracia se limitasen a la observancia de la ley, la Corea del Norte de Kim Jong-un sería un alarde de participación ciudadana. En cualquier dictadura los ciudadanos esán sujetos a la ley, como es obvio: su cumplimiento no es discrecional, nunca lo es. Todos estamos obligados a pagar nuestros impuestos, pero eso no es suficiente. Como es natural, la diferencia con las democracias estriba, precisamente, en que en democracia los ciudadanos tienen el derecho y, además, el deber cívico de implicarse de forma responsable en la gobernanza de su país.
¿Los ciudadanos somos libres de renunciar a este derecho? Por supuesto, pero la irresponsabilidad nunca es gratuita y, antes o después, tendrá consecuencias. Recordemos que conquistar este derecho ha costado sangre, sudor y lágrimas.
El periodista Edward R. Murrow lo describió a la perfección: «una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos». O, como afirmaba Yves Montand, «aunque no te ocupes de la política, ella se ocupará de ti». Tú decides. Nunca mejor dicho.