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La fábula del colibrí y el incendio

Cuentan los guaraníes que un día hubo un enorme incendio en la selva.

Todos los animales huían despavoridos, pues era un fuego terrible.

De pronto, el jaguar vio pasar sobre su cabeza al colibrí… en dirección contraria, es decir, hacia el fuego.

Le extrañó sobremanera, pero no quiso detenerse.

Al instante, lo vio pasar de nuevo, esta vez en su misma dirección.

Pudo observar este ir y venir repetidas veces, hasta que decidió preguntar al pajarillo, pues le parecía un comportamiento harto estrafalario:

¿Qué haces colibrí?, le preguntó.

Voy al lago -respondió el ave- tomo agua con el pico y la echo en el fuego para apagar el incendio.

El jaguar se sonrió.

¿Estás loco?- le dijo. ¿Crees que vas a conseguir apagar lo con tu pequeño pico tú solo?

Bueno- respondió, el colibrí- yo hago mi parte…

Y tras decir esto, se marchó a por más agua al lago.


Fábula guaraní

¿Hacia una sociedad de idiotas?

Es una afirmación dura, lo sé. Por desgracia, es la única conclusión que podemos extraer el estudio realizado por la Universidad de Stanford al que hace referencia Enrique Dans en su artículo «El pensamiento crítico y su desarrollo». A la luz de los resultados que arroja este documento, es una realidad que cada vez somos más crédulos… y en un páis desarrollado comienza a resultar muy difícil echarle la culpa al analfabetismo o a la dificultad de acceso a la información. Habrá que buscar, pues, otras explicaciones para este fenómeno que pone de manifiesto no sólo el fracaso de nuestro sistema educativo, sino el de nuestra sociedad en su conjunto.

Precisamente la necesidad de promover la reflexión y el pensamiento crítico ha sido uno de los motivos que me impulsaron a poner en marcha Politikae, y la experiencia sólo me ha demostrado que iniciativas como ésta son más necesarias que nunca. Para muestra, un botón.

Hace dos semanas publiqué una entrada titulada «Trump, Podemos y la paja en el ojo ajeno» y uno de mis amigos la consideró lo suficientemente interesante como para compartirla en su perfil de Facebook. Algunos de sus contactos comentaron esta actualización y mi amigo tuvo la gentileza de invitarme a leer sus aportaciones. Como es natural, lo hice encantado; tener acceso a puntos de vista distintos al mío siempre me parece enriquecedor. Por desgracia, me vi obligado a responderle «veo mucha opinión y poca argumentación en los comentarios». La verdad es que podría haber sustituido «poca» por «ninguna» y hubiera sido más fiel a la realidad porque, como es evidente, una afirmación como «me parece muy simplista y además erróneo en demasiadas ocasiones» es una mera opinión, pero nada más mientras si no se señale qué es lo erróneo y cuáles son esas simplificaciones. En mi artículo expongo una serie de hechos, remitiéndome a fuentes contrastables, e incluyo citas literales e incluso algún vídeo. Todos somos libres de extraer nuestras conclusiones de los hechos expuestos, pero los hechos están ahí y son los que son. Para rebatir un argumento es necesario contrastarlo, contraponerlo a otro. Es una mecánica sencilla, pero no ha sido el caso. Quizás porque ponerlo en práctica requiere esfuerzo.

Otro ejemplo concreto es el artículo «¿Hasta qué punto es compatible el islam con la cultura occidental». Es un artículo políticamente incorrecto, pero no deja de ser una exposición de hechos que cuestionan la compatibilidad del islam con la Declaración Universal de Derechos Humanos. Afirmar con dedo acusador «¡islamófobo!» es muy fácil, pero rebatir los argumentos expuestos no lo es tanto… estoy pensando que también tendré que publicar algo sobre la corrección política, antes o después; el tema lo merece.

Me gusta debatir. Familiarizarme con puntos de vista diferentes, poner a prueba mi capacidad para argumentar y la solidez de mis convicciones me parece un ejercicio estimulante. Una conversación sosegada y rica en matices siempre debería aportar valor, ¿verdad? Todo esto teniendo claro que lo más probable es que al final todos los intervinientes sigamos manteniendo nuestras posiciones, pero quizás tras este intercambio de pareceres hayamos conseguido comprendernos un poco mejor. El respeto es esencial, tanto como recordar que cada uno luchará por convertir en realidad el modelo de sociedad que le parezca preferible.

Son muchos, mayoría quizás, los ciudadanos que no están abiertos a cuestionar sus propias creencias. No es un ejercicio fácil, lo reconozco, pero cuanto menos dispuestos estemos a hacerlo, más fáciles seremos de manipular por cualquiera que nos diga lo que queremos escuchar. Por suerte o por desgracia, las recetas simples para problemas complejos no suelen ser la mejor opción. O, más bien, suelen ser garantía de desastre.

Cuestionad vuestras ideas. Buscad fuentes de información con sesgos distintos. Leed, analizad, compartid, aprended, desconfiad, investigad, contrastad. Sólo así habrá esperanza.