Técnicas de desprestigio

Todos los medios de información tienen una línea editorial, es decir, un sesgo ideológico. No sé si es algo deseable, pero lo que sí sé es algo comprensible porque todos los seres humanos tenemos nuestras convicciones y preferencias. Supongo que el problema se presenta cuando muchos de los abanderados del «rigor informativo» se dedican a realizar una mera labor propagandística y a desprestigiar a aquellos que piensan de forma diferente.

Elentir comparte en esta entrada de su blog un buen ejemplo: «Los medios progres descubren sus técnicas de desprestigio: el caso de Manos Limpias».

¿En qué medida conocemos a nuestros gobernantes?

A través de Facebook llego a un vídeo con declaraciones de Pablo Iglesias publicado en Ok Diario. Se trata de un vídeo similar a este que inserto a continuación:

No conocía esta publicación y basta con echar un vistazo a su portada para deducir su sesgo político, pero este vídeo se limita a recoger declaraciones. Incluso en el caso de que estuviesen «descontextualizadas», son las que son… y supongo que cada uno podrá extraer sus propias conclusiones. Si éste es el cambio que viene… que dios nos coja confesados (al menos a los que crean en dios, porque a los demás no nos va a quedar ni ese consuelo).

Qué frágil es la memoria.

«¿Quiere usted que gobierne este personaje?» en Ok Diario.

En las redes sociales sólo buscamos reafirmarnos… o eso parece

Cómo nos cuesta salir de nuestra zona de confort: «Las redes sociales funcionan como círculos cerrados en los que se buscan opiniones iguales · Los internautas no buscan descubrir nada nuevo: comparten solo lo que reafirma lo que piensan y se relacionan con quienes piensan como ellos» en PuroMarketing.

La trampa de las redes sociales por Zygmunt Bauman

Algunas de las afirmaciones del S.r Bauman me parecen un tanto ingenuas, pero la entrevista es muy recomendable.

Entrevista a Zygmunt Bauman en El País: “Las redes sociales son una trampa”.

¿Laicismo religioso?

Situación hipotética 1

– Papá, ese Papa Noel parece una señora. ¿Es de verdad?

Por favor, seleccione su respuesta:

  1. Es la esposa de Papa Noel, hoy le tocaba quedarse a él con los niños. Que también tiene derecho a hacerlo.
  2. Bueno… es que Papa Noel se sentía mujer y ha decidido cambiar de sexo.
  3. Papa Noel no tiene sexo, como los ángeles.

Situación hipotética 2

– ¡Papá! Mira, por fin se me ha caído el diente. ¿Vendrá el Ratoncito Pérez?
– Claro, esta noche lo dejamos debajo de la almohada y vendrá el Ratoncito… digo, la Ratoncita…

¿Conclusiones?

Bueno, cuchufletas aparte. He estado leyendo con gran interés acerca de la controversia sobre los cambios introducidos por algunas corporaciones locales en las tradicionales cabalgatas.

Mi sensación (esto es una mera percepción personal) es que estas decisiones no dan respuesta a una demanda mayoritaria de los ciudadanos. En cierto modo, me parece generar conflictos donde no los hay, en lugar de destinar los recursos públicos a solucionar problemas reales. ¿Se trata de una decisión «inocente»? Permitidme que lo dude.

Sigue leyendo

Algunas preguntas acerca de los ataques de Colonia

Me surgen muchas preguntas acerca de las agresiones sexuales en Alemania. Por ejemplo:

  1. ¿Se ha gestionado correctamente la entrada de refugiados en Europa?
  2. España ha acogido muy pocos refugiados, ¿se producirán agresiones sexuales con estas mismas características? Y, si es así, ¿dónde hay más papeletas de que ocurra y cuál será la explicación?
  3. ¿Comprendemos los motivos por los que está ocurriendo esto?
  4. ¿Existe el multiculturalismo?

Muchas preguntas, pocas respuestas.

Para echar leña al fuego, enlazo un artículo escrito por Yael Farache: «Los verdaderos responsables de los ataques de Colonia».

Los peligros de elevar de rango ciertos derechos sociales

Esta entrada va a ser breve. Tan sólo deseo compartir esta recomendable entrada del blog «¿Hay Derecho?» titulada «Serie sobre la reforma constitucional (VIII): la inclusión de nuevos derechos sociales (especialmente el “derecho” a la vivienda)» en la que Rodrigo Tena Arregui aborda las dificultades que puede generar, tanto desde una óptica jurídica como social, el hecho de incrementar la protección de ciertos derechos sociales (por ejemplo el derecho a la vivienda) al convertirlos en fundamentales.

Reproduzco a continuación el párrafo final, que recoge las conclusiones tras valorar pros y contras:

En mi opinión es necesario aproximarse a este tema con mucha cautela. El reconocimiento del derecho a la vivienda como un derecho fundamental puede atribuir al juez un adecuado instrumento para salir puntualmente al paso de ciertos abusos que se cometen hoy en día al amparo de normas civiles mal diseñadas (algunos de los cuales, por cierto, los hemos analizado extensamente en este blog). Ofrece al juez una opción argumentativa respetuosa con el pluralismo jurídico en materia de fuentes que caracteriza los Ordenamientos modernos, que, ejercida con prudencia, puede facilitar su labor de hacer justicia razonable y no arbitraria con pleno respeto al Derecho vigente (no olvidemos tampoco que la seguridad jurídica no es el único valor por el que debe velar el Derecho). Supone, además, un claro mandato al legislador para legislar en beneficio de ese derecho fundamental, pues su reconocimiento como tal conlleva un deber de protección más acusado del que resulta del art. 47, a la vez que consagra un núcleo irreductible de protección que hasta el legislador debe respetar. Pero considero que para minimizar los riesgos antes apuntados, es imprescindible que su reconocimiento constitucional no se limite a su mero enunciado, dada la inseguridad que algo así podría implicar. Es necesario delimitarlo con claridad, perfilándolo de tal manera que se fijen pautas claras de interpretación del ámbito protegido por el mismo. Estas pautas deberían ir dirigidas a evitar su efecto disruptivo y sin compensación en las relaciones jurídico-privadas.

Generar expectativas de difícil cumplimiento suele generar frustración y rechazo… por eso es prudencial medir cuidadosamente el alcance de ciertas promesas de naturaleza política. Porque los errores de nuestros representantes los pagamos todos.